Ninguno de nosotros olvidará el servicio religioso que se celebró con gran pompa en la catedral rusa de la calle Daru en París, para el entierro del señor Gurdjieff. Pienso que los miembros del clero que oficiaron ese día tampoco lo olvidarán. Se podría decir que la atención era tan grande que zarzas ardientes se levantaron por encima del ataúd. Como en todos los servicios ortodoxos, la congregación estuvo de pie, absolutamente silenciosa; y se dispersó solamente después que las últimas luces fueron apagadas y que las puertas del iconostacio se cerraron.
¿De dónde venía Gurdjieff? Nosotros no sabíamos nada de su infancia ni del pueblo de Kars donde nació. La provincia de Kars, hasta ese entonces poblada por griegos y armenios, había sido anexada por los rusos pocos años después de su nacimiento. Avanzando con la gran ola occidental y tecnológica que representaba entonces el imperio ruso, con sus telégrafos, sus ferrocarriles y funcionarios, y dejándola atrás, él había penetrado hasta el corazón del Asia Central para visitar monasterios y lugares donde se había conservado un conocimiento secreto. El no nos habló jamás de esa etapa de su vida.
A partir del momento en que reapareció en Rusia (que era todavía la santa Rusia zarista) su marcha de Este a Oeste nos es más conocida. Es difícil decir si ésta se debió a las circunstancias o al destino, o si ésta es la prueba de que él se había prefijado una misión con respecto al Occidente.
En París, donde se instaló, formó parte de la primera ola de inmigrantes venidos de Rusia. El Prieuré de Avon, cerca de Fontainebleau, que compró en 1924 para abrir allí su Instituto para el desarrollo armónico del hombre, es historia (tan cercana a nosotros que casi la podemos tocar) pero ya es también leyenda, pues solamente sabemos de la vida que se llevaba allí a través de los relatos asombrosos de aquellos que tuvieron la experiencia.
Es notable que el movimiento de Gurdjieff hacia el Occidente no se haya detenido en Francia, ese pequeño cabo occidental de Europa, ni tampoco en "la valiente islita frente a las costas francesas", como un periodista con mucho humor llamó un día a Gran Bretaña, en la época en que nosotros fuimos prácticamente borrados del mapa del "mundo libre", mientras que Inglaterra sola resistió las fuerzas del Eje.
Gurdjieff pasó varias temporadas en Estados Unidos, a fin de asegurarse antes de morir, de que su enseñanza estuviese firmemente implantada allí.
¿De dónde venía él, o más bien, de dónde regresaba? Del exilio, de un largo exilio que no podemos decir que él le. había sufrido pues le había dado un significado y había asumido voluntariamente todas sus consecuencias. Bajo esta perspectiva, el servicio solemne celebrado después de su muerte de acuerdo a los ritos de la iglesia ortodoxa rusa significó el regreso de un exiliado a la tierra de su nacimiento. Fue de .. vuelto a los brazos maternales de la iglesia en presencia de sus dos familias nuevamente reunidas, la de la sangre y la del espíritu.
Cualquiera que hubiese sido nuestra ignorancia del lenguaje litúrgico de la iglesia ortodoxa, pudimos reconocer el "Gospodi ponema" y el "Kyrie eleison", que habían reconfortado a todos sus ancestros.
Es verdad que todos somos exiliados pues cuando entramos en este mundo somos desterrados de la patria desconocida donde nacimos. Desde que abandonamos la infancia, nos sentimos expulsados de su verde paraíso. Y al final, nos aferramos a los últimos hilos de vida que nos quedan en vez de prepararnos para lo inevitable.
Ahora bien, una de las características del señor Gurdjieff era que no lamentaba el pasado. ¿Los altiplanos de Anatolia, las "estupas" del Asia budista, las cúpulas doradas de las iglesias rusas, o bien el vulgar estrépito de Broadway? Poco le importaba. Estando en el exilio en cualquier lugar, estaba siempre en casa.
Hay en la rue des Acacias en París una taberna por la cual yo nunca paso sin voltear la cabeza para echar un vistazo al interior. Pues ahí vi más de una vez al señor Gurdjieff, sentado en una banca de fieltro rojo examinando la comedia: humana, sin cesar renovada y siempre la misma, que se representaba entre los clientes alrededor del bar. El hecho de ver al señor Gurdjieff por un instante sin ser visto por él era demasiado excepcional como para dejar de recordarlo. Recuerdo que su rostro, un rostro de viejo atleta lleno de conmiseración por los seres humanos, tenía un aire de melancolía, como si perteneciese ya a "otro lugar" cuyo nombre no nos diría.
Esto ocurría en los últimos años de su vida.